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Editorial
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El tema de la calidad de la educación ha estado presente en el discurso oficial de los titulares de la política y la administración en este campo en México durante las últimas décadas, y se ha reactivado al inicio de cada sexenio así como cada vez que se presentan situaciones críticas, por ejemplo, cuando se han dado a conocer los resultados de las pruebas PISA.El término calidad de la educación derivó a la literatura pedagógica y a las políticas científicas proveniente de un movimiento para mejorar cualitativamente la educación, emprendido por los países hegemónicos a partir de la Segunda Guerra Mundial.El origen de este término se sitúa en el ámbito empresarial, en cuya esfera económica adquirió las connotaciones especializadas con las que actualmente lo conocemos. En su traslado al ámbito educativo este término trajo consigo la relación conceptual entre calidad, eficacia y producción. Este traslado también ha implicado, durante un largo periodo, la aceptación de las definiciones operacionales en torno a la calidad, entre las que destaca la que afirma que ésta es la satisfacción de las necesidades y expectativas de los clientes.En su evolución, el término calidad de la educación ha tenido diversas connotaciones. Una de ellas dio lugar al reformismo pedagógico, cuya perspectiva consistía en suponer que la ampliación de los contenidos curriculares y la transformación de los planes y de las prácticas pedagógicas permitirían obtener mejores resultados. En esta perspectiva han tenido un lugar preponderante las evaluaciones basadas en las pruebas de rendimiento que se centran en la esfera cognitiva y dejan de lado numerosos elementos relacionados con la inserción de los estudiantes en la sociedad, con el impacto de la educación en la cultura y viceversa y con la vida familiar, laboral y ciudadana.Otra tendencia destacada en esta evolución, ha sido el movimiento de la “calidad total”. Éste se caracteriza por su sistematicidad, que vislumbra la escuela como un todo integrado con su entorno socioeconómico, que exige la mejora continua de la gestión y de los procesos y que procura involucrar a todos los agentes y a la comunidad en la mejora de la calidad en torno a un proyecto educativo de la escuela.La perspectiva de la “calidad total” ha contribuido a la comprensión de la práctica educativa y a mejorar el funcionamiento de la escuela. Sin embargo, una de sus limitaciones ha sido su énfasis en los objetivos inmediatos —útiles para la operacionalización de los procesos implicados— y el distanciamiento de los fines de la educación, con la consiguiente disminución de perspectiva del proyecto educativo de la institución. Desde esta posición se asumen la efectividad y la eficiencia como los rasgos fundamentales del buen funcionamiento escolar. De esta manera, el proyecto educativo se ha limitado a la correspondencia entre objetivos planificados y rendimientos comprobados que forman parte de un amplio proceso de adecuación permanente.Si bien el tema de la calidad se ha establecido en el lenguaje de los agentes de la educación, no sucede lo mismo en el orden conceptual. Esta situación está profundamente relacionada con la procedencia del término, ya que en su ámbito de origen ha carecido de una definición que rebase los términos operacionales; pero también con una escasa reflexión filosófica de quienes definen las políticas educativas, acerca de cuestiones esenciales, tales como: ¿qué aspectos de la vida humana deben ser desarrollados por una educación de calidad? ¿Qué condiciones son indispensables para lograr la calidad de la educación? ¿Qué rasgos constituyen la calidad educativa? ¿Qué se entiende por calidad educativa? ¿Qué papel juega la equidad en la definición de calidad educativa? ¿Cuál es la función de los valores en la calidad educativa? ¿Cómo atender a la diversidad con calidad?El concepto de calidad de la educación tiene un carácter ideológico orientado por la posición que se adopte para mirar y construir la realidad educativa. También es evidente que el concepto de calidad se interpreta de acuerdo con los patrones históricos y culturales relacionados con la realidad de un contexto específico. De ahí la necesidad de revisar y reformular continuamente la definición de los elementos que integran la noción de calidad educativa y las relaciones que éstos guardan entre sí.Un elemento que participa en la definición de la calidad corresponde al conjunto de demandas exógenas al sistema educativo, es decir, a la demanda por conocimiento socialmente válido y a las demandas sociales, así como las de los sistemas cultural, político y económico. El otro elemento corresponde a la interpretación y las opciones técnico-pedagógicas del sistema educativo para dar respuesta a las primeras. La correlación de estos elementos ha constituido la base para determinar la calidad educativa.En el concepto de calidad subyacente al discurso institucional reciente se han incorporado elementos otrora soslayados; así vemos que se reconocen, por ejemplo, la desigualdad de oportunidades y la inequidad en la calidad de los servicios educativos, carencias en infraestructura y equipamiento, limitaciones en la gestión y en las prácticas pedagógicas y condiciones laborales desfavorables para los docentes, entre otros. Sin embargo, estos planteamientos no han alcanzado a trascender al nivel de políticas que solucionen la compleja problemática de la educación en México.También destaca la omisión de diversos temas de los cuales no se ha reconocido la dimensión problemática. Por ejemplo, la procuración de la equidad considerando las diferencias de género y otras diferencias; la educación para la sustentabilidad; la subsistencia en amplios grupos de agentes de la educación de una visión del conocimiento como algo incuestionable, lo cual habrá de dificultar el empleo de estrategias didácticas que propicien aprendizajes relevantes.Por otra parte, si bien se reconoce la necesidad de una transformación profunda en el enfoque de la enseñanza, en los últimos años se ha evidenciado una sujeción a los instrumentos de la OCDE, soslayando las críticas concomitantes que se han desarrollado en otros países respecto a este auge de los tests.El asunto se torna más grave en los ámbitos de la educación rural e indígena, pues se carece de instrumentos que traduzcan o por lo menos adapten reactivos a los contextos bilingües e interculturales en los cuales se aplican pruebas tales como PISA o ENLACE. No existen versiones de los instrumentos en las lenguas indígenas, por lo cual la aplicación indiscriminada y monolingüe de indicadores estandarizados no sólo es pedagógicamente inútil, sino que puede llegar a constituir una violación a los derechos lingüísticos de los pueblos indígenas, reconocidos en México por la Ley de Derechos Lingüísticos.Con todo ello, la capacidad diagnóstica y evaluativa de este tipo de instrumentos es nula en cuanto a la calidad educativa. No sabemos qué escuela Conafe, qué escuela primaria bilingüe, qué telesecundaria o qué telebachillerato es exitoso o no, dado que la calidad se ha impuesto desde la cúpula, sin estudiar las condiciones locales desde la base, la relación escuela-comunidad, la implicación de los actores extra-escolares, la permanencia del profesorado, su adaptación lingüística y su formación didáctica respecto a la región en la que trabajan, entre otras condiciones. Careciendo de esta información básica, diagnósticos peyorativos como aquellos que algunos se atreven a hacer de forma global de todo un subsistema educativo, constituyen simplemente nuevos ejemplos de una larga tradición de discriminación de los “otros”, de la población indígena, rural y/o marginada por parte de las élites letradas y sus funcionarios de turno.Estos temas, entre otros, requieren la revisión de criterios y su connotación ideológica; un análisis de su congruencia y pertinencia; la realización de diagnósticos y análisis que incorporen elementos contextuales fundamentales para la comprensión de la dimensión local que hace específica cada situación educativa y que podría permitir el planteamiento de propuestas pedagógicas pertinentes en una ruta, larga aún, para elevar la calidad de la educación.
Universidad Veracruzana
Title: Editorial
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El tema de la calidad de la educación ha estado presente en el discurso oficial de los titulares de la política y la administración en este campo en México durante las últimas décadas, y se ha reactivado al inicio de cada sexenio así como cada vez que se presentan situaciones críticas, por ejemplo, cuando se han dado a conocer los resultados de las pruebas PISA.
El término calidad de la educación derivó a la literatura pedagógica y a las políticas científicas proveniente de un movimiento para mejorar cualitativamente la educación, emprendido por los países hegemónicos a partir de la Segunda Guerra Mundial.
El origen de este término se sitúa en el ámbito empresarial, en cuya esfera económica adquirió las connotaciones especializadas con las que actualmente lo conocemos.
En su traslado al ámbito educativo este término trajo consigo la relación conceptual entre calidad, eficacia y producción.
Este traslado también ha implicado, durante un largo periodo, la aceptación de las definiciones operacionales en torno a la calidad, entre las que destaca la que afirma que ésta es la satisfacción de las necesidades y expectativas de los clientes.
En su evolución, el término calidad de la educación ha tenido diversas connotaciones.
Una de ellas dio lugar al reformismo pedagógico, cuya perspectiva consistía en suponer que la ampliación de los contenidos curriculares y la transformación de los planes y de las prácticas pedagógicas permitirían obtener mejores resultados.
En esta perspectiva han tenido un lugar preponderante las evaluaciones basadas en las pruebas de rendimiento que se centran en la esfera cognitiva y dejan de lado numerosos elementos relacionados con la inserción de los estudiantes en la sociedad, con el impacto de la educación en la cultura y viceversa y con la vida familiar, laboral y ciudadana.
Otra tendencia destacada en esta evolución, ha sido el movimiento de la “calidad total”.
Éste se caracteriza por su sistematicidad, que vislumbra la escuela como un todo integrado con su entorno socioeconómico, que exige la mejora continua de la gestión y de los procesos y que procura involucrar a todos los agentes y a la comunidad en la mejora de la calidad en torno a un proyecto educativo de la escuela.
La perspectiva de la “calidad total” ha contribuido a la comprensión de la práctica educativa y a mejorar el funcionamiento de la escuela.
Sin embargo, una de sus limitaciones ha sido su énfasis en los objetivos inmediatos —útiles para la operacionalización de los procesos implicados— y el distanciamiento de los fines de la educación, con la consiguiente disminución de perspectiva del proyecto educativo de la institución.
Desde esta posición se asumen la efectividad y la eficiencia como los rasgos fundamentales del buen funcionamiento escolar.
De esta manera, el proyecto educativo se ha limitado a la correspondencia entre objetivos planificados y rendimientos comprobados que forman parte de un amplio proceso de adecuación permanente.
Si bien el tema de la calidad se ha establecido en el lenguaje de los agentes de la educación, no sucede lo mismo en el orden conceptual.
Esta situación está profundamente relacionada con la procedencia del término, ya que en su ámbito de origen ha carecido de una definición que rebase los términos operacionales; pero también con una escasa reflexión filosófica de quienes definen las políticas educativas, acerca de cuestiones esenciales, tales como: ¿qué aspectos de la vida humana deben ser desarrollados por una educación de calidad? ¿Qué condiciones son indispensables para lograr la calidad de la educación? ¿Qué rasgos constituyen la calidad educativa? ¿Qué se entiende por calidad educativa? ¿Qué papel juega la equidad en la definición de calidad educativa? ¿Cuál es la función de los valores en la calidad educativa? ¿Cómo atender a la diversidad con calidad?El concepto de calidad de la educación tiene un carácter ideológico orientado por la posición que se adopte para mirar y construir la realidad educativa.
También es evidente que el concepto de calidad se interpreta de acuerdo con los patrones históricos y culturales relacionados con la realidad de un contexto específico.
De ahí la necesidad de revisar y reformular continuamente la definición de los elementos que integran la noción de calidad educativa y las relaciones que éstos guardan entre sí.
Un elemento que participa en la definición de la calidad corresponde al conjunto de demandas exógenas al sistema educativo, es decir, a la demanda por conocimiento socialmente válido y a las demandas sociales, así como las de los sistemas cultural, político y económico.
El otro elemento corresponde a la interpretación y las opciones técnico-pedagógicas del sistema educativo para dar respuesta a las primeras.
La correlación de estos elementos ha constituido la base para determinar la calidad educativa.
En el concepto de calidad subyacente al discurso institucional reciente se han incorporado elementos otrora soslayados; así vemos que se reconocen, por ejemplo, la desigualdad de oportunidades y la inequidad en la calidad de los servicios educativos, carencias en infraestructura y equipamiento, limitaciones en la gestión y en las prácticas pedagógicas y condiciones laborales desfavorables para los docentes, entre otros.
Sin embargo, estos planteamientos no han alcanzado a trascender al nivel de políticas que solucionen la compleja problemática de la educación en México.
También destaca la omisión de diversos temas de los cuales no se ha reconocido la dimensión problemática.
Por ejemplo, la procuración de la equidad considerando las diferencias de género y otras diferencias; la educación para la sustentabilidad; la subsistencia en amplios grupos de agentes de la educación de una visión del conocimiento como algo incuestionable, lo cual habrá de dificultar el empleo de estrategias didácticas que propicien aprendizajes relevantes.
Por otra parte, si bien se reconoce la necesidad de una transformación profunda en el enfoque de la enseñanza, en los últimos años se ha evidenciado una sujeción a los instrumentos de la OCDE, soslayando las críticas concomitantes que se han desarrollado en otros países respecto a este auge de los tests.
El asunto se torna más grave en los ámbitos de la educación rural e indígena, pues se carece de instrumentos que traduzcan o por lo menos adapten reactivos a los contextos bilingües e interculturales en los cuales se aplican pruebas tales como PISA o ENLACE.
No existen versiones de los instrumentos en las lenguas indígenas, por lo cual la aplicación indiscriminada y monolingüe de indicadores estandarizados no sólo es pedagógicamente inútil, sino que puede llegar a constituir una violación a los derechos lingüísticos de los pueblos indígenas, reconocidos en México por la Ley de Derechos Lingüísticos.
Con todo ello, la capacidad diagnóstica y evaluativa de este tipo de instrumentos es nula en cuanto a la calidad educativa.
No sabemos qué escuela Conafe, qué escuela primaria bilingüe, qué telesecundaria o qué telebachillerato es exitoso o no, dado que la calidad se ha impuesto desde la cúpula, sin estudiar las condiciones locales desde la base, la relación escuela-comunidad, la implicación de los actores extra-escolares, la permanencia del profesorado, su adaptación lingüística y su formación didáctica respecto a la región en la que trabajan, entre otras condiciones.
Careciendo de esta información básica, diagnósticos peyorativos como aquellos que algunos se atreven a hacer de forma global de todo un subsistema educativo, constituyen simplemente nuevos ejemplos de una larga tradición de discriminación de los “otros”, de la población indígena, rural y/o marginada por parte de las élites letradas y sus funcionarios de turno.
Estos temas, entre otros, requieren la revisión de criterios y su connotación ideológica; un análisis de su congruencia y pertinencia; la realización de diagnósticos y análisis que incorporen elementos contextuales fundamentales para la comprensión de la dimensión local que hace específica cada situación educativa y que podría permitir el planteamiento de propuestas pedagógicas pertinentes en una ruta, larga aún, para elevar la calidad de la educación.
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